Ilha Grande: 5 días en el Paraíso

Ilha Grande es una isla que se encuen­tra en el estado de Rio de Janeiro en frente de Angra Dos Reis. Por fin entre Paraty y la Ilha Grande tuvi­mos un viaje bas­tante tran­quilo. Primero tomamos el bus de la mañana en Paraty y lleg­amos a Angra dos Reis de donde zarpan los bar­cos para la isla. Nos hemos infor­mado y a las 15h30 de la tarde hay un barco grande que sirve como trans­porte público para la gente que vive en la isla, mien­tras los cata­ma­ranes te cobran 5–6 veces más por el pasaje, así comi­mos tran­quil­a­mente y luego tomamos “la barca” como lla­man a este barco. El barco llega al único pueblo de la isla que se llama Abraao. Una de las par­tic­u­lar­i­dades de esta isla es que no hay ningún medio de trans­porte a motor, los único medios con motor son de los organ­is­mos ofi­ciales como la policía, así que hay una tran­quil­i­dad con­stante y muy rela­jante. Por ser viernes no ha sido fácil encon­trar alo­jamiento, pero tuvi­mos suerte porque después de ver el panorama de hostales llenos y pre­cios altos, nos encon­tramos con una pareja (la chica ale­m­ana y el chico chileno) que nos dijeron que están en un hostal nuevo, bas­tante escon­dido y de buen pre­cio. En el Har­moni Hos­tel que lleva José Agnaldo nos sen­ti­mos muy a gusto desde el prin­ci­pio, teníamos nues­tra habitación grande y limpia con baño pri­vado en un hostal de muy buen rollo. Como nos quedamos varias noches José nos bajó el pre­cio aún más después de regatear un poco. La primera noche Gábor y Jose jugaron algu­nas par­tidas de aje­drez prob­a­ble­mente no para mejo­rar la amis­tad, porque Gábor le ganó 5–0.

Al día sigu­iente empezamos a des­cubrir la isla que no solo en su nom­bre es grande, sino de ver­dad se nece­si­taría mucho tiempo para recor­rerla com­ple­ta­mente. Hay 16 senderos de trekking para ir a la mul­ti­tud de playas (hay más de cien) y nosotros este día empezamos con tal vez la más famosa, la Playa Lopes Mendes a que se llega después de una cam­i­nata de 2 horas y media. El sendero va todo el tiempo en la selva y pasamos por algu­nas otras playas boni­tas con palmeras. La cam­i­nata en sí no era difí­cil aunque incluía varias subidas y bajadas, pero con el calor y la humedad, lleg­amos bien suda­di­tos. La playa Lopes Mendes es mundial­mente famosa, es una playa vir­gen de arena blanca de más de 3 kilómet­ros. Pasamos aquí un buen rato des­cansando después de la cam­i­nata, bañán­donos y tomando el sol.

Durante la vuelta al pueblo hubo varias cosas para men­cionar. Gábor se encon­tró con dos hún­garos que están via­jando tam­bién por Brasil durante algu­nas sem­anas, resultó que uno de ellos tam­bién estudió química en la uni­ver­si­dad, aunque ya no tra­baja cómo químico, así una parte de la cam­i­nata la pasamos con ellos. Tuvi­mos la suerte de ver dos tipos de monos difer­entes, unos pequeños desde cerca, y unos grandes de más lejos. Estu­vi­mos encan­ta­dos de ver algunos monos por fin, ya que hasta ahora solo les habíamos escuchado. Tam­bién conoci­mos a Jean-Baptiste, un chico francés muy majo que estuvo en el mismo hostal nue­stro y con él hemos com­par­tido algu­nas cam­i­natas y cenas durante estos días.

Al día sigu­iente fuimos a hacer otra cam­i­nata para ir a la playa de Dois Rios. Aquí en Dois Rios se encon­traba la antigua cár­cel de la isla, para lle­gar hay un camino de tierra por lo que llev­a­ban los pre­sos. En el camino vimos algunos pájaros rojos muy boni­tos. La playa nos encantó, aún más que Lopes Mendes, había además muy poca gente y nos sen­tíamos muy a gusto en este playa. En la playa desem­bo­can dos ríos, de eso viene el nombre.

Por la tarde el cielo se puso feo con muchas nubes grises, así empezamos a regre­sar. Nos pilló una llu­via fuerte, pero con este calor la llu­via es casi agrad­able y las cha­que­tas imper­me­ables solo las usábamos para pro­te­ger las mochi­las. Con la llu­via la selva tam­bién se despierta y a veces escuchamos gri­tos tan fuertes del bosque que parecían venir de algún ani­mal grande, nos daba un poco de yuyu. Volvi­mos al pueblo empa­padísi­mos pero lo pasamos muy bien. Durante la noche seguía lloviendo, Jean-Baptise nos cocinó una pasta a la francés que no estaba mal para nada.

El tiempo no mejoró para la mañana sigu­iente, así que pasamos la mañana en el hostal des­cansando. Al mediodía fuimos a comer a un restau­rante en que se podía comer una pieza de carne y de resto se podía como la can­ti­dad que uno quería, así nos llen­amos bas­tante. Por la tarde Rachele se quedó en casa des­cansando mien­tras Gábor se fue con Jean-Baptiste a recor­rer unas playas cer­canas donde no había casi nadie.

Para el último día hemos dejado la excur­sión en barco en que hemos dado la vuelta a toda la isla, una excur­sión de todo el día en la que lo pasamos genial. Fuimos en lan­cha pequeña con un motor fuerte e íbamos saltando entre las olas. Primero pasamos un rato en la playa de Cax­adaço que es una playa escon­didita y muy pequeña, pero ideal para hacer snorkelling.

La próx­ima parada fue la Playa Par­naioca que era otra playa tipo Lopes Mendes, playa vir­gen muy larga. Detrás de la playa había una pequeña igle­sia con un cemente­rio. Para volver a subir al barco teníamos que luchar con las olas que eran bas­tante altas. Luego seguimos la ruta para la Playa Aven­tureiro, donde había una palmera incli­nada con la que sacamos muchas fotos y nos sen­ta­mos en el agua bajita y cristalina.

Luego tocó a la Playa Meros que era una playa pequeña que nos gustó mucho, además aquí hici­mos snorkelling y vimos muchos peces de color. Las últi­mas paradas eran la Laguna Verde y Laguna Azul que eran como pisci­nas nat­u­rales, pero como ya era bas­tante tarde y no hacía sol, la gente ya no tenía tan­tas ganas de bañarse. Tam­poco esta vez todo pudo ir todo per­fecto sin un poco de aven­tura, y como siem­pre tuvi­mos alguna com­pli­cación, en la vuelta nue­stro barco se quedó sin gasolina y otro barco tuvo que venir a rescatarnos. Lleg­amos ya de noche y con la ame­naza de otra tor­menta, pero lleg­amos a salvo y con­tentos de haber pasado un gran día.

Nues­tra estancia se acabó en la isla donde pen­sábamos pasar solo 3 días, pero como la isla nos encantó y nos sen­ti­mos muy bien en el hostal, nos quedamos 5. Por la mañana nos des­ped­i­mos de José y fuimos al muelle para tomar el barco. La próx­ima parada Río de Janeiro!

Paraty, por fin playa!!!

Últi­ma­mente nue­stros via­jes para lle­gar al des­tino siem­pre han venido acom­pañado con alguna aven­tura y en este caso tam­poco fue de otra man­era. Nue­stro viaje en bus desde Sao Paulo fue tran­quilo, lleg­amos a Paraty con algo de retraso y luego nos dirigi­mos al restau­rante en que tra­ba­jaba Roulien, nue­stro host de couch­surf­ing para los próx­i­mos días. Sabíamos que Roulien vivía en un pueblo al lado de Paraty y resulta que cuando lleg­amos, ya no había más buses para hacer los 8 kilómet­ros hasta su casa. En fin, Roulien y un com­pañero de tra­bajo suyo se ofrecieron lle­varnos en moto, que por supuesto con las dos mochi­las pues­tas era bas­tante diver­tido y no muy cómodo. Al lle­gar a casa la aven­tura aún no se había acabado, porque Roulien vive prác­ti­ca­mente den­tro de la selva y para lle­gar a su casa tienes que hacer un mini-trekking cruzando dos puentes encima de un río. Hacer esta cam­i­nata de noche, con las lin­ter­nas sin ver demasi­ado bien y cruzar los puentes estre­chi­tos que se movían bas­tante con las mochi­las grandes sin ver el río solo escuchán­dolo, es algo que segu­ra­mente no olvi­dare­mos nunca. Al final lleg­amos a la casa de Roulien, una casita pequeña de madera que con­struyó él.

En la planta baja tiene la cocina y el baño y arriba el dor­mi­to­rio. En su pequeño jardín había plan­tas de bananas que cre­cen espon­tánea­mente y sus fru­tos han sido las mejores bananas que hemos probado nunca. Esta­ban tan dul­ces y tan sabrosas que no parecía ni de comer un plá­tano sino una fruta nueva. Nos gus­taron tanto que comi­mos bas­tante y a Rachele una noche le dolía un poco el estom­ago, prob­a­ble­mente a causa de tan­tos plá­tanos que se había metido.

El día sigu­iente mien­tras esperábamos el bus en la car­retera, la señora que vivía al lado de Roulien se ofre­ció lle­varnos a Paraty. Una señora muy amable que tenía una casa muy bonita, todo de cristal que nos enseñó más tarde. Después de infor­marnos un poco en el cen­tro, fuimos al puerto para ver si podíamos hacer una excur­sión en “escuna” (un tipo de barco) y al final nos apun­ta­mos a una que nos iba a lle­var a algu­nas playas e islas cerca de Paraty. En el barco había muy buen ambi­ente, una señora estaba can­tando durante toda la excur­sión, nos ofrecieron fru­tas de bien­venida y tam­bién se podía comer. Teníamos muchas ganas de bañarnos en el mar brasileño y esta excur­sión ha sido per­fecta para sat­is­fac­er­nos. Nos lle­varon a dos playas y dos islas difer­entes para que nos bañáse­mos en aguas cristali­nas y de tem­per­atura muy agrad­able. Hemos alquilado las gafas para hacer snorkelling y en uno de los sitios vimos bas­tante tipos de peces de col­orines. La cum­bre de la excur­sión fue cuando vimos un grupo de delfines nadar cerca de nosotros que salta­ban, para Gábor ha sido la primera vez que veía delfines en su ámbito nat­ural, y estaba más emo­cionado que un niño. Volvi­mos de la excur­sión con­tentos de haber nadado mucho y haber tomado el sol en el barco.

El día sigu­iente tomamos el bus por la mañana para ir a Trinidade que es un pueblo a unos 30 kilómet­ros de Paraty. Cogi­mos el sendero para ir direc­ta­mente a una piscina nat­ural que se encuen­tra cerca de Trinidade. Pasamos por varias playas grandes y boni­tas y luego lleg­amos a la piscina nat­ural donde estu­vi­mos bañán­donos con peces de color; en un lado teníamos el mar abierto y en el otro la selva. Los cor­ri­entes del mar hasta lle­varon a la piscina una tor­tuga grande, des­gra­ci­ada­mente muerta. Aquí dis­fru­ta­mos un mon­tón de estar en el agua con los peces que venían a comer de nues­tras manos.

Luego volvi­mos al pueblo para comer y rela­jarnos un buen rato en la playa enorme del pueblo donde había muy poca gente.

Por la tarde tomamos el bus de vuelta para Paraty. En el bus encon­tramos una chica irlan­desa, una o noruega y un chico español que habíamos cono­cido en la parada de bus en Foz d’Iguaçú y que ellos iban a Flo­ri­a­nop­o­lis mien­tras nosotros íbamos a Sao Paulo, que fuerte!!! En Paraty paseamos un buen rato por el casco antiguo de la ciu­dad que tiene varias igle­sias boni­tas de color blanco y muchas calles con un ambi­ente muy agrad­able, nos record­aba un poco Colo­nia del Sacra­mento en Uruguay.

Por la noche por fin pudi­mos pasar un rato con Roulien que nor­mal­mente tra­ba­jaba de noche, pero esta día era su día libre. Roulien es una per­sona muy amable y sin­cera, nos gustó mucho con­ver­sar con él. Era diver­tido tam­bién porque él hablaba solo en por­tugués, pero nosotros hablando en español y él en por­tugués nos entendíamos casi per­fec­ta­mente. La mañana sigu­iente, después de un encuen­tro con unas mari­posas de color azul enormes, nos des­ped­i­mos de Roulien. Nos hemos sen­tido muy bien en tu casa en plena nat­u­raleza y te agrade­ce­mos mucho por tu hos­pi­tal­i­dad sin­cera! Seguimos con las playas, nue­stro próx­imo des­tino es la Ilha Grande!

Sao Paulo: La ciudad más grande de Sudamérica

Nues­tra próx­ima parada en Brasil era Sao Paulo cuya área met­ro­pol­i­tana cuenta con unos 22,5 mil­lones de per­sones, algo inmenso. Sin embargo, antes de con­tar nues­tras expe­ri­en­cias, el viaje noc­turno entre Foz d’Iguaçú y Sao Paulo merece un apartado. Aún en Foz conoci­mos a Cris­t­ian, un chico de Barcelona que iba a tomar el mismo bus con nosotros. Sal­imos a las 8 de la noche y al cabo de media hora vino la primera mala sor­presa, nos paró la policía mil­i­tar en la car­retera y chequearon todo el bus bus­cando dro­gas y hablando con la gente de forma muy seca y poco cor­dial. Nos dio bas­tante asco cómo trataron a la gente, con dos chicos ingle­ses y un señor mayor hablaron como si fue­sen unos per­ros. A Gábor tam­bién le dieron “masaje” en el cuerpo bus­cando dro­gas. El resto del viaje siguió sin tran­quil­i­dad, la policía otras veces nos paró, esta vez con­tro­laron las male­tas de muchas per­sonas del bus y una señora entró en dis­cusión con ellos; nosotros no entendíamos mucho de lo que estaba pasando, vimos mucha con­fusión, la gente gri­tando y dos seño­ras acabaron pegán­dose, y sigu­ieron que­riendo pegarse tam­bién después de haber lle­gado a Sao Paulo y haber bajado del bus. Madre mía, vaya bien­venida a Brasil que tuvi­mos!!!! Después de este viaje de pelícu­las lleg­amos a Sao Paulo y tomamos el metro para encon­trarnos con San­dra, una chica colom­biana que era la profe de español de Rachele en Padova. Rachele estaba súper feliz de volver a ver a San­dra después de tanto tiempo!! San­dra muy amable­mente nos hospedó durante estos días en su casa en el bar­rio de Sumaré, en un piso muy bonito y lumi­noso con sus dos gatos monos Kiwi y Lil­ica. Por cierto, el metro de Sao Paulo es uno de los más mod­er­nos y limpios que hemos visto en la vida, se ve que el desar­rollo brasileño gen­era mucho dinero para hacer estas cosas. Yendo a casa de San­dra probamos por primera vez el agua de coco que se volvió una de nues­tras cosas favoritas en Brasil. Hacen un agu­jero en el coco y el agua que sacan la mez­clan con hielo, es deli­cioso y encima dicen que es muy sano. Después de insta­larnos en el piso fuimos a comer en un restau­rante en Sumaré. Sumaré es un bar­rio muy tran­quilo y seguro (Sao Paulo es una ciu­dad con la fama de ser bas­tante peli­grosa). Aquí comi­mos nues­tra primera “fei­joada” que es uno de los platos típi­cos de Brasil, cuyo ingre­di­ente prin­ci­pal son los fri­joles, a nosotros nos ha gus­tado mucho, es un plato riquísimo. Lo acom­pañamos con algunos zumos de fru­tas cuyos nom­bres nunca habíamos escuchado. Luego fuimos al Par­que de Ibi­ra­puera que es un par­que enorme con lagos, salas de exposi­ción y muchísima gente que hace var­ios tipos de deportes. Aquí en este par­que viendo mucha gente pudi­mos notar lo que sabíamos de Sao Paulo que es una mez­cla tremenda de gente, por ejem­plo en una can­cha de bás­quet, había unos chicos jugando, todos con aspecto japonés; hubo mucha inmi­gración japonesa en su época.

El día sigu­iente nos quedamos en casa para plan­ear un poco nue­stro viaje en Brasil. Mirando dis­tan­cias, pre­cios con la ayuda y super­visión de nue­stro agente de viaje pri­vado: San­dra que nos ha dado con­se­jos pre­ciosos, nos reser­va­mos dos vue­los para los próx­i­mos días, uno entre Río de Janeiro y Sal­vador de Bahía y otro entre Sal­vador y For­t­aleza. En Brasil las dis­tan­cias son enormes, via­jar en auto­bús es carísimo, mien­tras hay com­pañías aéreas low-cost que te per­miten ahor­rar tiempo y dinero. Al mediodía sal­imos para com­prar fru­tas en el mer­cado, hemos com­prado unas fru­tas riquísi­mas: papayas, bananas, piña, sandía, maracuyás y chi­r­i­moyas y hici­mos una ensal­ada de fruta fan­tás­tica en casa. Por la tarde justo cuando quisi­mos salir se nubló con nubes negras, pero muy negras y se puso a llover (aunque mucho menos de lo que las nubes prometían) así que sal­imos solo más tarde para cenar en un restau­rante japonés.

En Sao Paulo hay mucha tradi­ción de la cocina japonesa, y no es muy cara, comi­mos un “rodízio” (buf­fet libre con ser­vi­cio inclu­ido) por un pre­cio razonable.

El día sigu­iente recor­ri­mos bas­tante la ciu­dad. Empezamos por la mañana por la Vía Paulista que es la calle más impor­tante de la ciu­dad con muchos edi­fi­cios altos, la may­oría son ban­cos, hay mucha gente en traje en la calle; una especie de Wall Street. Hasta vimos un helicóptero ater­rizar en el techo de un edi­fi­cio. Seguimos nue­stro paseo por el cen­tro de la ciu­dad que es un lugar de muchos con­trastes. Calles peatonales, var­ios edi­fi­cios boni­tos y a la vez muchísima gente sin techo en la calle. Visi­ta­mos la Cat­e­dral del Sé, el monas­te­rio San Bento y subi­mos al Edi­fi­cio Altino Arantes que es un rasca-cielo en el cen­tro. Es gratis subir, pero apun­tan todos tus datos y luego se tiene que esperar bas­tante aunque haya poca gente, porque arriba solo pueden estar cinco per­sonas a la vez y entre esperar el ascen­sor y que la gente que está arriba baje, la espera es mucho más larga que el tiempo que se puede dis­fru­tar del paisaje que se reduce a solo 5 min­u­tos. Sin embargo la vista desde arriba es muy impac­tante, no es que sea tan bonita como en Nueva York por ejem­plo, sino desde arriba se puede apre­ciar la inmen­si­dad de esta ciu­dad. Mirando a cualquier lado, donde se acaba el hor­i­zonte siguen los edi­fi­cios, la ciu­dad no se acaba nunca. Tam­bién se puede ver que hay bas­tante con­t­a­m­i­nación de aire.

Fuimos tam­bién al mer­cado para comer un bocadillo de mor­tadela y queso en que metieron tanta mor­tadela que casi no nos entraba en la boca y luego paseamos por la zona de Luz donde hay el famoso edi­fi­cio del Museo de la Lengua Por­tuguesa, bas­tante bonito, pero sus alrede­dores son poco cuida­dos y había muchos edi­fi­cios altos que tenían pinta penosa y parecían estar a punto de caerse a tro­zos. San­dra nos ha dicho que ahora están inten­tando mejo­rar el bar­rio destruyendo estas casas fave­las y con­struyendo edi­fi­cios nuevos.

Luego acabamos la visita del cen­tro con un paseo por la calle 25 de marzo que es una calle increíble­mente ani­mada con muchísi­mas tien­das que venden todos tipos de mer­cancías y tam­bién puestos calle­jeros que pub­lic­i­tan sus pro­duc­tos con gri­tos, un ambi­ente de bazar tremendo, vamos. Nos dijeron no ir al cen­tro durante el fin de sem­ana porque es peli­groso ya que todo está cer­rado y en el cen­tro solo queda la gente sin techo. Nosotros fuimos durante la sem­ana así que ningún prob­lema. Muchos dicen que Sao Paulo es una ciu­dad peli­grosa, a nosotros nos ha pare­cido quizás un poco más peli­grosa que una gran ciu­dad euro­pea pero no tanto como nos lo habían descrito. Nues­tra visita al cen­tro se había acabado, pero antes de que anocheciera fuimos a a recor­rer las calles de grafi­tis cerca de casa de San­dra, donde hay muchos grafi­tis súper chu­los. Los grafiteros empezaron hacer grafi­tis en la zona y luego el ayun­tamiento le dio el per­miso para seguir, así que hoy siem­pre hay grafi­tis nuevos.

Cer­ramos el día con una cena de pizza brasileña autén­tica con San­dra y su novio. Aquí en las piz­zas ponen un mon­tón de cosas a la vez, con 3–4 tro­zos de pizza uno se llena completamente!

La última mañana antes de tomar el bus para Paraty San­dra nos llevó a la Avenida Faria Lima, otra calle tipo Vía Paulista con ras­ca­cie­los, ban­cos y cen­tro com­er­ciales de lujo. Hemos entrado en un cen­tro com­er­cial en que esta­ban todas las tien­das de mar­cas lujosas, el crec­imiento económico de Brasil efec­ti­va­mente ha creado una clase muy pero muy rica. Para cer­rar nues­tra estancia en Sao Paulo, fuimos a un cen­tro cul­tural que se llama SESC que está creado por una insti­tu­ción que patroci­nan empre­sas y per­sonas pri­vadas. El edi­fi­cio donde está ubi­cado el SESC es un edi­fi­cio de una grande impor­tan­cia arqui­tec­tónica y gra­cias a San­dra, que es arqui­tecto, hemos enten­dido y visto a través de sus ojos exper­tos este edi­fi­cio muy bonito que a muchas per­sonas (que no saben nada de arqui­tec­tura) les parece feo. Es como un cen­tro cívico, se puede par­tic­i­par en muchos tipos de activi­dades, lo que es difer­ente es que se puede comer bas­tante barato. El SESC nos pare­ció un lugar muy intere­sante. Otra vez llegó la hora de coger las mochi­las y la des­pe­dida. Muchas gra­cias, San­dra por haber­nos hospedado y haber com­par­tido tu Sao Paulo con nosotros. Ahora viene la playa por fin, Paraty nos espera!

El Iguaçú brasileño y el Parque das Aves

Cruzando la fron­tera entre Puerto de Iguazú y Foz de Iguaçú hemos dejado Argentina (aún volver­e­mos para vis­i­tar el norte) y hemos entrado en Brasil, un país nuevo para des­cubrir. Mucha gente visita el lado brasilero de las cataratas y vuelve el mismo día a Argentina, en este caso, en la fron­tera solo tienes que sel­lar el pas­aporte en el lado argentino, mien­tras en el lado brasileño no hace falta. Como nosotros seguíamos nues­tra ruta en Brasil, tuvi­mos que bajar en la fron­tera brasilera y el bus por supuesto no te espera. Por suerte uno solo tiene que cam­i­nar 1 km para lle­gar a la car­retera donde se toma el bus para ir al par­que nat­ural. Así que nues­tra entrada a Brasil fue andando, si, es cor­recto entramos en Brasil sobre nue­stros piecitos!!! Nues­tra primera expe­ri­en­cia con el nuevo país fueron los auto­buses locales, aquí en Brasil no están hechos exac­ta­mente para los mochileros, uno tiene que pasar por una puerta gira­to­ria mien­tras hay una per­sona que te cobra (no el con­duc­tor) y pasar con las mochi­las pues­tas no es exac­ta­mente fácil. Ya en nue­stro primer con­tacto con Brasil vimos que este país es carísimo, y nosotros que nos que­jábamos de la Patag­o­nia… aquí nos sal­drá más caro que cualquiera hasta ahora. En Argentina o Chile había cosas muy caras, en gen­eral lo que estaba rela­cionado con el tur­ismo, mien­tras en Brasil el trans­porte público y las cosas bási­cas tienen pre­cio europeo o muchas veces aún más alto. En la entrada del par­que dejamos las mochi­las en un locker y empezamos el gran número de colas que nos esper­aba aquel día; cola para entrar, cola para tomar el bus que te lleva a las cataratas, cola para el mirador prin­ci­pal de las cataratas y cola para tomar el bus de vuelta; ya sabíamos que era así, era viernes santo aquí un día de fiesta.

En la parte brasileña del par­que para ver las cataratas solo hay una ruta, desde aquí se pueden ver la cataratas desde delante y la cosa más bonita es que hay una visión global de todas las cataratas del par­que; te das cuenta de ver­dad que son muchísi­mas y que el par­que es aún más enorme de lo que ya habías visto en la parte Argentina.

La vista desde aquí es increíble hay un mon­tón de cataratas encima de las cataratas que ya habíamos visto en argentina, en prac­tica hay var­ios nive­les de cataratas uno más arriba que solo se puede ver desde la parte brasileña y otro más abajo que se ve tam­bién desde el lado argentino. El tamaño de este fenó­meno es para flipar!!

A nosotros nos ha gus­tado mucho esta parte, sin embargo, prefe­r­i­mos el lado argentino donde uno puede tener mucho más con­tacto con la nat­u­raleza y las misma cataratas. La otra razón por la cual nos lo pasamos mucho mejor en el otro lado es que aquí había demasi­ada gente, a veces no se avan­z­aba en las pasare­las por la can­ti­dad de peña que había. Aquí, los coatís son mucho más agre­sivos que en Argentina, se meten en la basura (en el lado argentino la basura está bien cer­rada de forma que solo una per­sona la puede abrir) entrando por los agu­jeros, en cuanto una per­sona abre algo de comida se acer­can porque la quieren, y Rachele no fue una excep­ción. Uno escuchó que Rachele estaba abriendo unos crack­ers y se le acercó tanto, cuando Rachele alejó la mochila de su cuerpo el coatí se lanzó encima y se agarró a ella, suerte que no tenía mucha fuerza y casi inmedi­ata­mente el coatí se cayó al suelo dis­traído por un hom­bre que le lanzó una bolsa de patatas vacía.

Saliendo del par­que fuimos al Par­que das Aves. Por suerte, aquí había mucho menos gente y la ver­dad es que lo pasamos bomba. Es un par­que muy chulo, no nos gus­tan en gen­eral los zoos, pero este par­que está muy bien hecho. Las jaulas son enormes y tú puedes entrar en ellas para estar con los pájaros que te vienen cerca. Rachele esper­aba mucho este día ante todo porque tenía muchísima ganas de ver los tucanes. Aquí pudo dis­fru­tar de sacar mil­lones de fotos de var­ios tipos de tucanes desde muy cerca, así estuvo como una nena den­tro de la jaula. No solo había pájaros en el par­que, sino había una casa en que pudi­mos estar jun­tos con un mon­tón de mari­posas exóti­cas y tam­bién había col­i­brís que nunca habíamos visto.

En la sal­ida había unos papa­gayos grandotes que si uno quería se podía sacar una foto con uno en el brazo.

Después de vis­i­tar el par­que recu­per­amos las mochi­las y fuimos a la estación de auto­buses. Sao Paulo vamos a por ti!

 

Increíble Iguazú (El lado argentino)

Las cataratas de Iguazú son de estas bellezas en el plan­eta que son únicas y todo el mundo las quiere ver alguna vez en su vida. Nue­stro viaje para lle­gar fue bas­tante épico: sal­imos de Mon­te­v­ideo por la mañana, cruzamos la fron­tera entre Uruguay y Argentina en un paso fron­ter­izo que hay entre Salto y Con­cor­dia y luego ya de noche tomamos otro bus de larga dis­tan­cia. Este viaje fue bas­tante una aven­tura, primero para tomar el bus tuvi­mos que tomar un taxi (con­tratado por la com­pañía de bus) que nos llevó a la car­retera por donde pasaba el bus. El bus era comod­ísimo, lás­tima que cuando falta­ban ya solo unas 3 horas para lle­gar, se estropeó y estu­vi­mos varias horas para­dos en una gaso­lin­era. Encima, el mecánico que iba a venir a arreglarlo, no pudo venir porque la car­retera estaba cer­rada por alguna man­i­festación. En cam­bio man­tu­vi­mos con­ver­sa­ciones intere­santes con los locales. Al final éramos todos ami­gos. Por fin llegó un bus de recam­bio y lleg­amos a Puerto Iguazú después de 27 horas de viaje. La ver­dad es que habíamos con­sid­er­ado hacer alguna parada en el trayecto para no hacer un viaje tan largo, pero como era sem­ana santa, no queríamos lle­gar durante la segunda mitad de la sem­ana. Aún así, en Puerto Iguazú ya muchos hostales esta­ban llenos y tuvi­mos suerte de poder encon­trar un hostal bueno y barato que recién habían abierto. En Puerto Iguazú la gente viene para ir a vez las cataratas y la única cosa intere­sante que ofrece el pueblo es Hito Tres Fron­teras donde se encuen­tra el Río Paraná con el Río Iguazú; desde el mirador se ven el lado brasileño y el lado paraguayo. Aquí hemos cono­cido a Luci, una chica de Asturias con la que hablamos un buen rato volviendo al centro.

La mañana sigu­iente tomamos el primer bus que iba al Par­que Nacional de Iguazú para ver las cataratas. En el lado argentino hay muchas cosas para recor­rer, y para hacer todo sin prisa, decidi­mos quedarnos un par de días. En la entrada del par­que encon­tramos un mon­tón de coatís, que no tenían nada de miedo de la gente y se acer­ca­ban a todo el mundo. La primera cosa que queríamos ver era la famosa Gar­ganta del Dia­blo (por la mañana hay menos gente); para lle­gar hay que tomar un trenecito que te deja delante de las pasare­las de 1 km que pasa encima de la parte supe­rior del río. A medida que nos acer­cábamos a la Gar­ganta se escuch­aba el ruido del agua más y más fuerte. Hemos lle­gado entre los primeros, así por lo menos durante algunos momen­tos pudi­mos con­tem­plar esta mar­avilla de la nat­u­raleza casi en soli­tario. Nos quedamos de ver­dad sin aliento, esta cas­cada es tan impac­tante. El nom­bre es muy sig­ni­fica­tivo, la can­ti­dad de agua que se cae, el ruido que hace y el vapor que sale de la gar­ganta no se pueden imag­i­nar antes de verlo con los pro­pios ojos.

Después de haber con­tem­plado esta mar­avilla, tomamos el tren de vuelta para bajar en otra estación y empezamos a recor­rer la ruta infe­rior que pasa por debajo de las cataratas. Hemos parado en var­ios pun­tos con vista para ver las cas­cadas prin­ci­pales y la Gar­ganta del Dia­blo desde lejos.

Decidi­mos hacer una excur­sión en barco que duró solo un cuarto de hora y era bas­tante cara pero que para nosotros fue una expe­ri­en­cia inolvid­able. Eran bar­cos pequeños con un motor muy potente que te lle­van tan cerca de las cataratas que te mojas por com­pleto. El agua se te caía encima con una inten­si­dad que uno se queda sin aire por un momento y la adren­a­lina te sube a tope.

Sal­imos del barco com­ple­ta­mente empa­pa­dos, pero con el calor pronto nos secamos. Tomamos el barco gra­tu­ito para la Isla San Martín (durante la espera hablamos un rato con María de Andorra) donde comi­mos nue­stros bocadil­los en la playa y nos secamos com­ple­ta­mente (hacía mucho calor); luego recor­ri­mos los senderos de la isla. Aquí como había menos gente, vimos más ani­males, entre otros unos pájaros tipo buitres y un lagarto bien grande. Del punto más panorámico de la isla se ven algu­nas de las cataratas muy bien y de muy cerca, aquí otra vez nos quedamos un buen rato sim­ple­mente mirando y escuchando el agua. Dejamos la isla en casi el último barco para seguir con la ruta infe­rior por las cataratas y luego al salir sel­l­amos nues­tra entrada con lo que se con­sigue un des­cuento de 50% para entrar el día siguiente.

El segundo día en el par­que, como primera cosa fuimos a recor­rer el sendero macuco que es un sendero tran­quilo en la selva donde, como no hay casi nadie, se puede escuchar y ver muchísi­mos ani­males. Andu­vi­mos muy despacito escuchando cada mín­imo ruido en el bosque y mirando siem­pre muy aten­ta­mente si veíamos algún ani­mal. Estábamos en el medio de la selva y nos perdi­mos escuchando una can­ti­dad de pájaros difer­entes que nunca habíamos oído antes. Fue una cosa increíble saber que mil­lones de ojos te están mirando y escuchar estos sonidos nuevos que un poco te inqui­etan un poco te ponen curioso; es una mez­cla de sen­timien­tos con­trastantes. Al final hemos podido ver y fotografiar un armadillo, var­ios lagar­tos, muchas mari­posas, algunos pajar­i­tos y como postre del día hemos podido sacar una foto de una ser­pi­ente verde que justo estaba comiendo a un animalito.

El sendero acababa en una cas­cada pequeña con un pozo abajo y en un mirador con vista de los bosques, pero lo que más nos gustó era parar muchas veces a escuchar los ani­males y a veces tener la suerte de ver­los. Justo cuando estábamos a punto de acabar el sendero, el viento se lev­antó, el cielo se puso gris y sabíamos que pronto se nos iba a caer una buena. Lleg­amos a la parte donde esta­ban los quioscos y restau­rantes y se puso llover mucho. Nosotros dis­fru­ta­mos de la pausa de tor­menta para comer y cuando la llu­via se paró, fuimos a tomar el tren para volver a la Gar­ganta del Dia­blo, sabi­endo que con este tiempo habría poca gente. No estu­vi­mos solos, pero dis­fru­ta­mos otra vez de este espec­táculo de agua inolvid­able con muy poca gente y para acabar el día recor­ri­mos la parte supe­rior de las pasare­las de donde se ven las cataratas de otro punto de vista, desde encima, tam­bién son espec­tac­u­lares, te da vér­ti­gos mirar hacia abajo.

Sal­imos del par­que emo­cionadísi­mos, haber podido vivir estas cataratas desde tan cerca y haber tenido con­tacto en tran­quil­i­dad con la selva que las rodea. El lado Brasilero de las cataratas y Brasil nos espera!