Por la mañana salimos para una excursión que esperábamos mucho, tomamos el bus para Cabo Polonio. Casi inmediatamente después de haber tomado el bus subió un vendedor de tabletas de chocolate, ya habíamos visto estos tipos de vendedores en Sudamérica pero lo que nos llamó la atención aquí fue las palabras que usaba para describir el producto que parecía ser algo increíble que no se podía evitar comprar. Esta “estrategia de marketing” impresionó tanto a Rachele que hasta se apuntó lo que el vendedor decía:”Chocolate de la famosa marca xxx, con envase cerrado, con fecha de caducidad para su tranquilidad, en 4 sabores diferentes para los gustos más exigentes hoy y solo para hoy una oferta especial que no pueden dejar escapar, 4 tabletas por solo 10 pesos, una oferta imperdible señores y señoras etccc….” flipante!!!!! Básicamente tardó 10 minutos solo en describirte el producto. Al final claramente, solo por el esfuerzo del pobre hombre, compramos las 4 tabletas. Cabo Polonio es un lugar de que habíamos leído ya mucho, en la costa de Uruguay, un pueblo aislado del resto del mundo, sin electricidad, teníamos muchas ganas de conocerlo. Al pueblo no se puede llegar en transporte de línea, el bus nos dejó en la carretera donde nos subimos a un camión que nos llevó hasta el pueblo. El camino para llegar es pasar por dunas de arena y nosotros para tener mejor vista nos pusimos a la parte de arriba, así que fue como estar en una centrifuga.

Camion hacia Cabo Polonio

Llegamos al pueblo que se encuentra en una península y nos encantó aún más de lo que habíamos pensado. Un pueblo de algunos cientos casitas, todos de colores diferentes; aquí se respira una tranquilidad increíble. Fuimos a la cabaña de Ruben que nos había ayudado a reservar Ale por teléfono y que le había sido recomendada por una amiga. La casita era de dos plantas, decorada de buen gusto por dentro y además arriba había una especie de terraza con vistas al mar.

Cabo Polonio

En el pueblo hay un solo almacén que sirve de supermercado, hay un par de hostales y algunos restaurantes, el resto son estas casitas de color. Aquí, lo supimos más tarde, solo viven algunos pescadores durante todo el año, un total de 30 personas más o menos porque las condiciones en invierno son verdaderamente hostiles, el resto de las casas son de verano.

Cabo Polonio

Después de instalarnos fuimos a comer unos bocadillos de milanesas de pescado muy ricos y luego dimos nuestra primera vuelta por la costa. Paseamos cerca del faro donde muchas veces se encuentran lobos marinos y focas en las rocas, pero esta vez no estaban. Volvimos a casa y en nuestra terraza contemplamos otra puesta del sol maravillosa (Uruguay se nos quedará también como el país de las puestas de sol increíbles) y luego nos tumbamos en la terraza con una manta para ver las estrellas.

Puesta de sol en Cabo Polonio

Como en el pueblo no hay electricidad, no hay luces que molesten la vista al cielo ( la mayoría de la gente usa velas, aunque unas casas tienen sus propios generadores) y se ve el cielo lleno de estrellas, pero una cantidad que en nuestra vida nunca habíamos visto, la Vía Láctea se veía de una intensidad increíble. Ver la puesta de sol y el cielo estrellado en un pueblo como este que tiene en si una tranquilidad increíble, donde nadie cierra la puerta a llave, los animales son de todos, la gente abre su tiendecita sobre las 12 del mediodía y los días fluyen entre una canción, una clase de yoga en la playa y un chapuzón en el mar, fue algo tan especial y tan relajante que te da ganas de quedar para vivir un poco con ellos.

La mañana siguiente nos despertamos a las 7, cuando aún no había ni rasgo de presencia humana en el pueblo, el único ser viviente despierto era una perrita qua al final nos acompañó para todo el día, en verdad acompañó más a Gábor que a mí ya que le estaba siempre pegada. Los tres fuimos a dar un paseo por la playa larguísima de la península que es una maravilla. Al lado de la playa se encuentran unas dunas enormes que son como un pequeño desierto. Por supuesto nos hemos metido entre las dunas y en algún momento estábamos rodeados solo de dunas, te da la sensación de estar en el desierto de verdad.

Desierto Uruguayo

Volviendo el pueblo disfrutamos un poco del ambiente hippy del sitio, muchos artesanos vendiendo sus cositas, otro grupo de jóvenes tocando la música con toda la tranquilidad. Después de comer dimos otro paseo por el otro lado de la península, también con una playa muy larga. A las 2 de la tarde ya teníamos que marchar para tomar la conexión para Punta del Diablo. Después de tomar otra vez el camión para salir del pueblo y dos otros buses llegamos a Punta del Diablo. Por suerte aquí la temporada de verano ya se acabó (dicen que en temporada alta hay muchísima gente), así los hostales estaban medio vacíos. Al final fuimos al hostal Unplugged que llevaban dos chicos majetes. Dimos un paseo por la playa del pueblo ya de noche y luego fuimos a comprar carne con los chicos del hostal y Fernando, un chico chileno que conocimos allí, para hacer un asado juntos. Fue una noche divertida a pesar de que la carne era bastante mala (sí, parece que en Uruguay también existe la carne mala!!).

Por la mañana fuimos a comprar los billetes de bus para regresar a Montevideo. La estación de bus se halla a unos 3 kilómetros del centro, así nos hizo sudar bastante el camino con el calor que hacía. Luego fuimos a descubrir las playas y llegamos a una cala grande que tenía una playa muy guay. Aquí Gábor tomó su primer baño en pelotas y lo disfrutó un montón, el agua estaba perfecta, limpia y mucho más caliente de lo que esperábamos ya que era agua del Atlántico!!

Playa en Punta del Diablo

Junto con Fernando volvimos al pueblo para dar un paseo y comimos en un puesto cerca de la playa unas empanadas de pescado y queso riquísimas y unos buñuelos de alga que son especialidad del lugar. Punta del Diablo nos pareció un pueblo encantador (aunque menos que Cabo Polonio) y las playas están muy bien. A media tarde tomamos el bus para regresar a Montevideo, cenamos juntos con Ale y August, y fuimos a dormir directamente, estábamos muy cansados.

Por la mañana con Ale y August fuimos a Atlántida un balneario (aquí se llaman así todos los pueblos en la costa), comimos juntos, tomamos el sol en la playa, leímos y nos relajamos un montón. Gábor ha intercambiado su libro recién acabado con Ale que le dio un libro muy interesante sobre los uruguashos que Gábor casi lo terminó en el mismo día. Después de la playa fuimos de paseo y Ale “por casualidad” lo hizo de forma que pasáramos por una panadería que tenía unos pasteles riquísimos! Por la noche fuimos de paseo por el barrio donde Ale y August viven para ver un desfilé de candombe que consiste en personas que tocan tambores de origen africanas por la calle y todo el mundo se le añade detrás para bailar. Por la noche nos preparamos para dejar este grandísimo país el día siguiente. Uruguay nos encantó por su gente, por su tranquilidad, por sus paisajes y por nuestros amigos Ale y August. Muchísimas gracias chicos y esperamos volver a veros pronto, no tenemos la menor duda de que nuestros caminos se vuelvan a cruzar en algún sitio!

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