Seguimos nuestra ruta hacía el norte y esta vez nos esperó un tramo bien largo entre El Chaltén y Esquel. Cruzar la Patagonia desde el sur al norte se puede de tres maneras distintas, por la ruta 3 en la costa este de Argentina, por la carretera austral número 7 en Chile o por la ruta 40. Para nuestros planes convenía mejor la última, porque en Chile además había algunos conflictos por lo que una parte de la carretera estaba cerrada. Subimos al bus en el Chaltén a las 3:40 de la noche y empezamos un trayecto de más de 20 horas. El bus no tenía las semi-camas que nos decían, pero las sillas se podían inclinar para poder dormir durante la primera parte del viaje. Esta parte de la Patagonia es casi completamente desértica, en la ruta 40 hay tramos en los cuales durante horas no se pasa cerca de ninguna población, muy pocos coches vienen de la otra dirección y además la mayor parte de la ruta no está asfaltada, sino es de piedra o como dicen aquí de ripia y se escuchan las piedras que se botan mientras el bus pasa por la carretera. Todo este ambiente da un toque misterioso a esta ruta que los argentinos la llaman “la mítica ruta 40”. Durante el largo trayecto comimos (una comida estaba incluida en el billete), dormimos, escogimos las fotos y escribimos los posts para el blog, pero igualmente llegamos bastante agotados a Esquel; después de 20 horas de bus, casi a medianoche. Cuando sacamos las mochilas del maletero del bus, vimos el resultado de la carretera de piedra; estaban llenas de polvo y la mochila de Rachele originalmente de color morado era gris. Encima, cuando llegamos estaba lloviendo, menos mal que Pablo (nuestro couch en El Chálten) nos había dicho que había un hostal decente cerca de la estación y por suerte aún quedaban un par de camas libres en un dormitorio de 9 camas donde pudimos pasar la noche.

Por la mañana la primera cosa fue cambiar habitación, resultó que la habitación para dos personas no era mucho más cara que el dormitorio compartido, así decidimos cambiarla. Fuimos a dar un paseo por Esquel que nos pareció ser una ciudad pequeña y agradable sin mucho interés especial. En la oficina de turismo nos informaron sobre lo que se puede hacer en Esquel y decidimos coger un bus para ir a Trevelin que se encuentra a unos veinte kilómetros de Esquel. Trevelin es un pueblo que fundaron los galeses y nos tenía intrigado por las historias que habíamos escuchado sobre ellos. Aunque en el ambiente no se nota ya tanto el sentimiento galés, hemos encontrado varios sitios que aún guardan las costumbres galesas: casas de té, una capilla y por las ventanas de una pequeña casita cerca de la capilla vimos que allí dan clases de idioma, naturalmente galés. Hay un museo que cuenta con la réplica de la primera casa galesa. Cuando llegamos allí, estaba cerrado y un hombre nos aviso que el museo se abría a las 16 pero cuando le explicamos que nosotros no íbamos a estar a aquella hora nos dejó entrar y también nos explicaron que hay un renacimiento de la cultura y la lengua galesa que en tan poco tiempo no pudimos averiguar.

Trevelin

A la vuelta de la visita a Trevelin, Rachele se quedó en el hostal para relajarse un poco, descansar sus piernas y trabajar con el blog, mientras Gábor tenía ganas de un poco más de deporte, así decidió subir al monte que se encuentra al lado de Esquel. Para subir a la cruz que está en la cumbre hay que subir 530 metros y como el camino de coches iba dando vueltas por el monte, Gábor decidió subir a tirón fuera del sendero que a veces fue un poco duro, pero así te daba tiempo subir, pasar un rato arriba y contemplar las vistas hermosas y bajar, todo en dos horas media.

Panorama Esquel

La mañana siguiente nos despertamos pronto, porque para el Parque Nacional de los Alerces solo hay un colectivo al día, a las 8 de la mañana. El día empezó nublado, pero pronto se despejó por suerte. De momento cuando llegamos a los sitios siempre está nublado pero nosotros siempre traemos el sol!!! A ver cuánto dura eso… Al entrar al parque los guardaparques subieron como siempre al bus para cobrar la entrada y como ya estábamos un poco cansados de que nos claven el doble o el triple que pagan los argentinos, Gábor imitó el acento argentino, y parece que le creyeron porque conseguimos pagar solo la entrada para los locales. El parque es muy grande y el bus hace muchísimas paradas en su interior y los pasajeros deciden en qué zona bajar. Todos los locales nos aconsejaron visitar la zona del Lago Verde y del Río Arrayanes. Primero subimos al mirador del Lago Verde de donde hay unas vistas muy bonitas del mismo Lago Verde, del Lago Menéndez y los bosques.

Panorama Lago Verde | Esquel Parque Nacional de los Alerces

Lago Verde

Este parque es mucho menos famoso que los que habíamos visitado antes, por eso había mucho menos gente y más tranquilidad. Desde el mirador bajamos por la carretera a la pasarela del Río Arrayanes y aquí había unos senderos muy hermosos interpretativos que explicaban la vegetación de los bosques. A Rachele le gustaron mucho los arrayanes de color canela, mientras a Gábor le gustaron los alerces solitarios que había en esta zona, algunos con muchos cientos de años. Por cierto, nuestro “gran conocimiento” de biología no llegaba al nivel de saber qué es el alerce, así lo tuvimos que buscar en el diccionario. Una cosa curiosa que encontramos en esta zona fue el cartel que nos avisó sobre la presencia de puma, un cartel que explicaba cómo habrá que comportarse si uno encuentra un ejemplar de este animal. Te da un poco de yuyu, aunque sepas que la probabilidad es casi cero porque estos animales evitan encontrarse con los humanos, pero fue un poco ridículo lo que leímos; el cartel decía si el puma se pone agresivo, uno tiene que defenderse con todas sus fuerzas, ¡¡vaya consejo!! Y un poco más de yuyu nos lo daba el hecho de que una parte del sendero había estado cerrada hasta el día anterior por la presencia de una puma mujer parida. De todos modos disfrutamos mucho de la tranquilidad de esta zona, nos pusimos a comer en la orilla de la laguna, aunque no nos salió bien, porque parece que todas las avispas querían el paté que estuvimos comiendo, así pronto tuvimos que marchar. En el camino bajando a la última parte que quisimos visitar, nos encontramos con una chica argentina, Flor, que ya habíamos encontrado en el hostal en Esquel, ¡¡es increíble que siempre encontremos la misma gente!! Durante las últimas horas en el parque encontramos un sendero muy tranquilo en la orilla del río, había algunas partes que eran tipo playas pequeñitas, y Rachele decidió quedarse en una de ellas para contemplar el río y sus animales, mientras Gábor siguió caminando un poco más para encontrar el “abuelo” que es el nombre de un alerce de 800 años de edad.

Aleces y Arrayanes

Lago Menendez

Tomamos el colectivo para volver a Esquel y en el camino encontramos a un chico holandés que está viajando como nosotros, nos dio algún consejo sobre la parte de Chile que queremos visitar. Una vez llegados a Esquel nos despedimos de David, el encargado del hostal el Caminante, que de verdad nos hizo sentir muy a gusto durante las dos noches que estuvimos allí y nos dirigimos a casa de Luciano que ofreció alojarnos. En el camino Rachele se cayó con mochila puesta y todo y se hizo un poco de daño en las rodillas, pero una vez llegados a casa de Luciano, la cosa se olvidó. Él estuvo viviendo varios años en Barcelona, así pudimos “tontear” un poco en catalán, luego se fue de viaje para 9 meses en África. En general tuvimos una conversa muy amena con él sobre Argentina, Cataluña y muchas otras cosas. Dormimos los dos en una cama individual, pero eso no nos resulta problemático. El día siguiente nos levantamos pronto para salir y a las 9h30 cogimos el bus para ir a El Bolsón. Esquel no nos pareció una ciudad especialmente bonita, pero la gente que conocimos era muy maja y el parque de los alerces vale muchísimo la pena!

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