Nuestra ruta hacia el norte otra vez se desvió para entrar en Chile. Salimos de Bariloche a las 7h30 de la mañana para llegar después de 6 horas de viaje incluyendo el control de aduana en el lado argentino y chileno. Otra vez nos miraron las maletas para ver si teníamos productos frescos, pero eran muchos menos pesados que en San Sebastián cuando entramos la primera vez en Chile viniendo de Ushuaia. Aquí fue mucho más divertido porque en lugar de un escáner había un perro que debía de ser a principio de su carrera y de vez en cuando en lugar de olfatear las maletas se distraía un poco, así el “jefe” le tiraba un juguete y él lo recogía, se distraía un momento para luego seguir trabajando.

Llegamos a Puerto Montt donde normalmente la gente no se suele quedar mucho porque es ante todo un punto importante de tránsito hacia la Patagonia hay un ferry que va a Puerto Natales y un importante puerto para la comercialización del salmón. Gracias a al comercio del salmón Puerto Montt ha crecido mucho en los últimos años. Dicen que los chilenos llaman a esta ciudad Muerto Montt, eso dice bastante. Fuimos a comer a un restaurante que era bastante casero y luego fuimos a informarnos sobre los precios de alquiler de coche, porque para ir a la Isla de Chiloé otra vez íbamos a alquilar un coche con Alex que seguía con nosotros. Los precios de alquiler eran muy altos, así esperábamos poder arreglar la cosa en Puerto Varas. De Puerto Montt fuimos en un bus pequeño directamente al alojamiento y gracias a Alex otra vez dormimos gratis en una cabaña de dos plantas en que estuvimos muy cómodos. Las cabañas se llaman Molino Viejo y se encuentran entre Puerto Varas y Llanihuque. Por la tarde fuimos a Puerto Varas que nos parecía una ciudad encantadora en que se respiraba muchísima tranquilidad y un aire autentico. Puerto Varas se halla en la orilla del Lago Llanquihue y en días claros se puede ver el Volcán Osorno que nosotros, nosotros no tuvimos tanta suerte y no pudimos verlo ningún día. En el pueblo se puede recorrer un itinerario con muchas casitas típicas de madera y de diferentes colores que fueron construidas a principios del siglo veinte y son recuerdos de la influencia alemana que es muy fuerte en Chile. Puerto Varas nos parecía muy autentico en la calle se podía apreciar como los locales conducen su vida, había muy pocos turistas y haciendo el circuito para ver las casas estábamos solos. Hay muchísima gente con apellido alemán, los pasteles se llaman “kuchen”, etc.. La ruta nos gusto mucho y nos también las casitas, todo aquí tiene de un estilo muy auténtico.

Casas en Puerto Varas

Por la tarde hemos arreglado el tema de alquiler en una agencia que llevaba un señor majo, muy relajado y que nos hizo gracias porque tartamudeaba mucho y como decía “Ch-Ch-Chiloé” a Gábor le recordaba a Torrente diciéndole “Ch-Ch-Chinita” a la camarera en la peli. El alquiler fue mucho más barato de lo que habría sido en Puerto Montt. Luego en el supermercado nos compramos algunas frutas que no habíamos probado antes, pero ninguno de ellas nos gustó especialmente.

Frutas

Por la mañana fuimos a recoger el coche que era bastante viejo, llevaba ya 170 mil kilómetros y detrás del asiento trasero salían unos ruidos tremendos mientras andábamos, pero bueno confiábamos en el señor que nos dijo que la mecánica estaba impecable. Salimos para la Isla de Chiloé y nos despedimos de Puerto Varas, pero íbamos a volver después de la ruta en la isla. Eso ya será otra historia.

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