Entramos a Laos desde Chiang Kong, un pueblo que se encuentra en la orilla del río Mekong, en el lado tailandés. Al bajar del bus conocimos a una pareja de belgas y fuimos a comer juntos un último pad thai antes de dejar atrás este país que tanto nos gustó. Cogimos un tuk-tuk para el puerto y después de sellar el pasaporte cogimos un pequeño barco que nos llevó a Huay Xai en el lado laosiano del Mekong. El viaje en barco dura menos de 10 minutos, pero es bonito. El visado, te lo hacen en el momento, vale 35 dolares para 30 días para la mayoría de los países europeos, para los húngaros solo vale 30. Por la tarde nos pusimos en modo relax, tomando cervecitas en un bar con los chicos belgas.

Por la mañana cogimos un minivan para ir a Luang Nam Tha, una ciudad pequeña en el norte de Laos. Entendimos enseguida que aquí todo va mucho más relajado con respecto a Tailandia y la hora de salida también se interpreta de esta manera, es “laos-time”. La carretera hacia Luang Nam Tha es bastante bonita y en buen estado aunque con muchas curvas. Se pasa entre montañas con bosques verdes y aldeas. Una vez llegado a Luang Nam Tha, cogimos un tuk tuk para la estación de autobuses más pequeña de donde salía nuestro bus para Muang Sing, un pueblo a unos 10 km de la frontera con la China. En la estación nos tomaron el pelo diciéndonos que el bus que iba a salir estaba lleno, así tuvimos que esperar una hora y media antes de poder continuar el viaje. La carretera que llega a Muang Sing también está llena de curvas, pero a diferencia de la primera, está en muy mal estado. El conductor estaba medio loco y entraba en todos los agujeros a máxima velocidad, mientras nosotros saltábamos en los asientos, casi pegando la cabeza al techo del van. Por lo que hemos podido ver en el camino nos hemos dado cuenta que varias comunidades viven al lado de la carretera y han construido las casas tan cerca que al pasar se puede ver dentro. Ya os podéis imaginar que nos hizo contento llegar al pueblo donde pronto encontramos un hostal bastante guay, comimos y cenamos todo junto y caímos redondos.

Todas las mañanas en Muang Sing hay un mercado matinal desde las 6 hasta las 8 donde llegan todas las señoras con sus productos del campo. Hay de todo, verdura, fruta, carne hasta ropa. Es muy bonito verlo ya que te empapas de colores y algunas señoras tienen el traje típico de la zona.

La mejor forma de visitar los alrededores de Muang Sing es alquilar una bicicleta en el único sitio posible del pueblo. Por cierto, ya después de poco tiempo vemos que mientras el alojamiento en Laos es baratísimo, la comida es un poco más cara que en Tailandia, cualquier cosa relacionada con el transporte, alquiler de motos o bicis es bastante más caro que en los otros países de Asia que vimos hasta ahora. En el bar desayunando conocimos a Esther y Frank, ella de Holanda, él de Alemania, nos pusimos a charlar con ellos y no sabíamos aún que les volveríamos a encontrar más adelante en nuestro camino.

Por la mañana una niebla densa cubría todo el pueblo, pero luego se levantó y salió un sol estupendo. Con nuestras bicis cogimos la carretera que va hacia la frontera con China y pronto dejamos la carretera asfaltada por una de tierra para ir a descubrir las numerosas comunidades de diferentes grupos étnicos que viven aquí cerca de la frontera con China y Myanmar. Cuando llegamos en la comunidad de Poungkok y se nos abrió el corazón viendo unos 10 niños y niñas venir hacía nosotros gritando “Sabaidee, Sabaidee!!!” que significa hola. Parece que aquí saben lo que son los turistas, pero tampoco ven llegar muchos. Al principio nos estudiaron un poco y tenían algo de timidez, pero al cabo de un rato se pusieron a reír y jugar con nosotros. Les sacamos fotos y les enseñamos el resultado en la pantalla de la cámara, los chicos, todos riéndose, querían ser protagonista de alguna foto. Eran tan monos que nos habría gustado llevarlos todos a casa.

Los adultos ya no parecían tan contentos, muchos se veían molestos si les sacabas una foto. Las casas en que vive esta gente son muy básicas, muchas sin ventana y un polvo tremendo lo cubre todo, pero en los ojos de los niños se ve una felicidad enorme. No tienen nada, pero están contentos!

Continuamos nuestro camino en que muchas veces se tenía que bajar de la bici y empujarla por lo malo que estaba la carretera. Pasamos entre arrozales, montañitas, plantaciones de plátanos y otras pequeñas comunidades, vimos unas escuelas y mucha gente trabajar en el campo, sin máquinas, sino con su propias manos. El paisaje nos encantó y la tranquilidad que se respiraba, nos parecía estar lejos de todo.

Nos perdimos varias veces, pero al final llegamos a encontrar la salida a la carretera principal de donde seguimos adelante hasta un bonito albergue con su jardín que se encontraba cerca de una comunidad. Aquí comimos y luego visitamos la comunidad, por ser sábado no había mucha vida por la calle y las escuelas estaban vacías. Encontramos un grupo de chicos grandes jugando a la petanca. Como Laos era colonia francesa, la petanca es muy popular. En la vuelta al pueblo, la experiencia vivida en el día y los encuentros con los niños tan bonitos de diferentes grupos étnicos se convirtieron en un gran recuerdo. Sentimos también mucha pena por ver las condiciones en que esta gente está viviendo, algo que nosotros ni podemos imaginar.

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