Escrito por Rachele Cervaro y Gábor Kovács
Myanmar sorprende desde el primer instante: por un lado, recuerda a otros países del Sudeste Asiático; por otro, tiene algo distinto, un aire propio. En sus calles conviven mercados tradicionales con huellas del pasado colonial, aldeas que conservan vivas sus costumbres y paisajes donde templos milenarios emergen entre montañas y lagos. Esa mezcla crea un ambiente único que invita a recorrer el país con calma, disfrutando cada detalle.
En nuestro viaje, desde la bulliciosa Yangón hasta los templos de Bagan, pasando por el trekking de Kalaw al Lago Inle, vivimos experiencias que van mucho más allá de una simple ruta turística. Este diario recoge algunos de esos momentos que nos dejaron huella: los encuentros con la gente, los sabores, las tradiciones y esa forma de entender la vida tan propia de Myanmar.
Aquí compartimos paisajes inolvidables, vivencias especiales y consejos útiles para quienes quieran descubrir este país con tranquilidad, sin prisas y con la mente y el corazón abiertos.
Yangón, la principal ciudad colonial de Birmania
Yangón (también conocida como Rangún) fue durante mucho tiempo la capital de Myanmar y sigue siendo la ciudad más grande y una de las más interesantes del país. Muchos viajeros aterrizan aquí en su primer contacto con Myanmar, ya que es el principal punto de entrada aérea. Es un lugar con bastantes contrastes, calles bulliciosas, una arquitectura colonial muy marcada y una de las pagodas más espectaculares que ver en Myanmar. Te contamos cómo fue nuestra llegada y lo que vivimos en la ciudad.
Primeras impresiones de Myanmar
Dejamos una de nuestras mochilas grandes en casa de un amigo en Bangkok (esta vez queremos probar viajar más ligeros, compartiendo una sola mochila grande), y volamos hacia Yangón. Aunque oficialmente ya no es la capital desde 2005 —los militares eligieron otra ciudad al norte, Naypyidaw—, para nosotros sigue siendo la auténtica capital urbana del país.
Nada más llegar, nos topamos con una realidad que ya habíamos escuchado de otros viajeros: encontrar alojamiento no es nada fácil. Myanmar vivía en ese momento un auténtico auge turístico: el visado era más fácil de conseguir, Obama había visitado el país recientemente, y muchos querían descubrir este destino todavía poco explotado. El problema es que la infraestructura no estaba preparada. Caminamos más de una hora sin éxito; casi todo estaba completo o con precios desorbitados. Al final, conseguimos una habitación en un hostal modesto pero más económico que los que estaban llenos.
Un paseo por el centro de Yangón
La ciudad tiene un ritmo más calmado de lo que esperábamos, especialmente comparada con otras capitales del Sudeste Asiático. Hay bastante tráfico de coches y autobuses, pero están prohibidas las motos, lo cual reduce mucho el ruido. Lo que más nos llamó la atención fue la amabilidad de la gente. Aunque cada vez hay más turistas, los birmanos siguen mirándote con curiosidad y te sonríen constantemente. A Rachele, especialmente, le sonreían todas las chicas que nos cruzábamos.
La escritura birmana nos pareció todo un misterio. El alfabeto está formado por caracteres redondeados que a simple vista parecen todos iguales, y hasta los números tienen su propia versión local. Para movernos en los autobuses urbanos, nos hicimos un papelito con el número que necesitábamos, escrito tanto en cifras arábigas como en birmano. Muy pocos entienden los números que usamos nosotros.
Aunque el budismo es la religión mayoritaria, nos sorprendió la cantidad de mezquitas e iglesias que encontramos. En una mezquita, un hombre muy amable nos explicó que en el centro hay unas 99 mezquitas, construidas en tiempos coloniales, cuando los ingleses promovían el comercio con la comunidad musulmana.
Cambiar dinero en Myanmar
Después de descansar, fuimos a cambiar nuestros dólares. Ya lo sabíamos: los billetes tienen que estar impecables, sin arrugas ni marcas. Afortunadamente, no tuvimos problemas. Aunque oficialmente no había cajeros en el país, vimos algunos en Yangon, pero no supimos si realmente funcionaban bien o si aceptaban tarjetas extranjeras.
En el banco, nos sorprendió ver dos chicas con uniforme que te abrían la puerta al entrar. El cambio era algo mejor con dólares que con euros, y como en Myanmar no hay billetes grandes, salimos con tantos kyats que nos sentimos millonarios.
Con el bolsillo lleno de billetes, salimos a pasear por el centro. Pasamos por el Ayuntamiento, uno de los edificios coloniales más importantes, nos acercamos a la pagoda Sule Paya y recorrimos varias calles llenas de puestos de comida y mercados.
También vimos el antiguo tribunal supremo y el edificio de aduanas. Intentamos llegar al río, pero no fue posible porque toda la orilla estaba ocupada por el puerto. En su lugar, descubrimos un pequeño mercado con puestos de comida local y unos chicos jugando al sepak takraw, ese deporte con pelota de bambú que ya habíamos visto en Laos.
Ya desde el primer día, notamos muchas similitudes culturales con la India: las hojas que mastican y que tiñen los dientes de rojo, la manera intensa de observarte y los sabores especiados de la comida callejera. Comimos un biryani con pollo y cordero delicioso en un puesto muy sencillo.
Atardecer en el lago Kandawgyi
Por la tarde, subimos a un autobús local que nos dejó cerca del lago Kandawgyi. Para entrar al parque nos pidieron pagar una entrada “especial” para extranjeros, algo bastante habitual en el país. No nos pareció justo pagar por pasear por un parque, así que encontramos una alternativa: entrar desde el aparcamiento del restaurante Signature. El lugar es muy agradable, con varios puentes de madera y muchas parejas paseando.
Shwedagon Paya al atardecer
Terminamos el día con la visita más esperada: la Shwedagon Paya, una enorme estupa dorada de casi 100 metros de altura, considerada el lugar más sagrado de Myanmar. Pasamos un buen rato paseando por el complejo, observando las ofrendas y la espiritualidad del lugar. Nos quedamos hasta que anocheció para ver cómo se iluminaba, y el efecto fue impresionante.
Allí coincidimos de nuevo con Gerard y Amanda, una pareja de estadounidenses con quienes habíamos compartido el taxi desde el aeropuerto. Fue un cierre perfecto para este primer día en Myanmar, un país que ya desde el principio nos pareció tan distinto como fascinante.
Algunas curiosidades: la diferencia horaria en Myanmar son 30 minutos con respecto a Tailandia, en los templos de Myanmar, por primera vez no les basta que te quites solo los zapatos para entrar, sino hay que quitarse los calcetines también. Otra cosa aún más curiosa fue encontrar un par de ordenadores en la misma pagoda con internet y con la etiqueta “Foreigner only”, en los hostales no hay wifi, pero aquí en el templo había…
⚠️ No viajes a Myanmar sin seguro de viaje 🛡️
Viajar por Myanmar sin un buen seguro es como subirse al tren de Hsipaw sin saber cuándo llegará: puede que todo vaya bien, pero también pueden surgir imprevistos. Aunque el país es seguro para el viajero, muchas de sus carreteras están en mal estado, los trayectos en moto por zonas rurales son frecuentes, y las caminatas por montañas o arrozales pueden esconder más de una sorpresa. Además, fuera de las grandes ciudades como Yangón o Mandalay, la atención médica puede ser limitada o costosa.
Durante nuestro recorrido por Myanmar, desde la Roca Dorada hasta los templos de Bagan o el trekking de Kalaw al Lago Inle, contar con un buen seguro nos dio tranquilidad en cada etapa del camino. Con Heymondo contratamos el seguro en pocos minutos desde el móvil, y durante todo el viaje tuvimos asistencia 24/7 desde su app. Ya sea una caída durante una caminata, una reacción al probar un plato local muy especiado o una cancelación de transporte por mal tiempo, tener una cobertura adaptada a este tipo de destinos marca la diferencia.
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Bago, una ciudad llena de pagodas
Bago es una ciudad pequeña situada relativamente cerca de Yangon, aunque muchos viajeros la visitan como parte del trayecto hacia la Roca Dorada, uno de los lugares más sagrados de Myanmar. Lo más interesante de Bago es la gran cantidad de pagodas y templos budistas que hay repartidos por toda la ciudad. Te contamos cómo fue nuestra visita y todo lo que puedes ver por allí.
Paseo por Bago
Nos alojamos en el San Francisco Guesthouse, un alojamiento muy básico, pero económico y con un trato excelente. Las dos hermanas que lo llevan fueron encantadoras, nos explicaron qué podíamos visitar y cómo evitar pagar entradas en algunos templos. Las tarifas suelen ser bastante altas, el dinero va directamente al gobierno y no repercute en los habitantes locales.
Empezamos por el templo Shwemawday Paya, donde se encuentra la estupa más alta del país. La entrada cuesta 10 dólares, pero a partir de las 16:30 ya no hay controles, así que se puede entrar libremente. También se puede acceder en cualquier momento por la entrada Este, donde nunca hay vigilantes.
El recinto es amplio y el ambiente bastante tranquilo. Aunque el templo es bonito, estaba algo descuidado y no vimos casi turistas, probablemente por el coste de la entrada. Justo frente a la entrada Este encontramos un túnel largo que comunica con otro templo. Nada más entrar, tres niños se nos acercaron corriendo y nos acompañaron durante buena parte del recorrido. Una de las niñas tenía la cara pintada con thanaka, una pasta natural hecha con corteza de árbol que se usa en Myanmar como maquillaje y protector solar. Rachele lo encontraba muy bonito, Gábor no tanto, pero es parte de la cultura local, y lo usan tanto mujeres como hombres jóvenes.
Seguimos caminando con ellos por el túnel, les dimos unas pulseritas y, aunque no hablábamos el mismo idioma, las sonrisas sirvieron de traductor. A lo largo del camino había pequeños altares, y los niños nos indicaban cuándo quitarnos los zapatos. También nos enseñaron cómo una de las niñas subía a los árboles a recoger frutas que luego los otros recogían al vuelo. Al rato se unió otro grupo de niños que se puso a jugar al fútbol con Gábor.
Después de despedirnos, nos acercamos a los famosos Budas reclinados. Hay dos, uno más nuevo que se puede visitar gratuitamente en cualquier momento, y otro al que solo se puede acceder sin pagar a partir de las 17:00. Ambos son muy bonitos y merecen una parada.
Por el camino, Gábor se convirtió en el centro de atención entre los niños, que no paraban de retarlo a jugar al fútbol o al voleibol. Ese día fue sin duda el más futbolero del viaje. Y como detalle cultural curioso, en Myanmar el pantalón vaquero cede protagonismo al longyi, una especie de falda tradicional que usan tanto hombres como mujeres. Gábor también se animó a probarla y terminó jugando al fútbol con ella, todo un espectáculo.
Terminamos el día visitando otra estupa, aunque a esas alturas ya estábamos un poco saturados de tanto templo.
La Roca Dorada
Una de las excursiones más conocidas desde Bago es la visita a la Roca Dorada, un enorme bloque cubierto de pan de oro que, según la tradición, se mantiene en equilibrio sobre un pelo de Buda. Ha resistido terremotos y sigue en pie, lo cual la convierte en un lugar muy venerado.
Llegar hasta allí no es precisamente fácil, sobre todo si se quiere hacer por libre. A las cinco de la mañana nos subimos a una furgoneta llena de mujeres que llevaban dulces al mercado. Fue un trayecto largo, pero bastante entretenido. El paisaje era bonito y no dejaba de subir y bajar gente.
En una parada se subió un grupo de mujeres hindúes muy arregladas y pintadas, que no dejaban de hablar de nosotros, como si fuéramos famosos. Después de algunas paradas, un pinchazo y un cambio de furgoneta, llegamos a Kimpon, desde donde salen los camiones hacia lo alto de la montaña. El sistema para hacerlos salir era un misterio, ya que vimos salir varios que llegaron después del nuestro.
Desde el punto final todavía queda una subida de unos 45 minutos a pie hasta llegar a la roca. Allí no hay escapatoria posible: hay que pagar entrada. Además, las mujeres no pueden acercarse a la roca a menos de 10 metros, una restricción bastante habitual en ciertos lugares religiosos del país.
La roca es curiosa, sí, pero no nos impresionó tanto como esperábamos. Sacamos unas fotos, la contemplamos un rato y emprendimos el camino de vuelta a Bago.
Última mañana en Bago
Al final tuvimos que pasar una noche más de lo previsto en Bago porque apareció la temida diarrea del viajero, algo inevitable en algún momento del viaje.
Esa última mañana aprovechamos para visitar el mercado local. Lo que más nos llamó la atención fue la cantidad de pescado seco. Todo olía intensamente a bacalao. También fuimos a ver cómo comían los monjes en uno de los monasterios de la ciudad. Nos contaron que los monjes hacen solo dos comidas al día —desayuno y almuerzo antes de las 12:00— y viven exclusivamente de lo que reciben como ofrenda. Fue interesante ver cómo se servían ellos mismos desde sus ollas, en un ambiente muy sobrio.
Después de eso, nos despedimos de Bago y pusimos rumbo a Kalaw, aunque ya íbamos algo desfasados con nuestro plan de ruta.
Trekking de Kalaw al Lago Inle
Hacer el trekking de Kalaw al Lago Inle fue una de las experiencias más especiales de nuestro viaje por Myanmar. Un recorrido de tres días caminando entre aldeas, campos de cultivo y montañas suaves, conviviendo con algunas de las etnias que habitan la región y compartiendo techo con ellas. Aquí te contamos cómo fue nuestra ruta, paso a paso.
Llegada a Kalaw
Después de nueve horas en un bus nocturno, llegamos a Kalaw con las primeras luces del día y unos frescos 4 grados que nos sacaron de golpe de la comodidad del vehículo. Veníamos con ganas de empezar el trekking de tres días hacia el Lago Inle, pero decidimos quedarnos un día para descansar y adaptarnos. Kalaw es un pueblo tranquilo, perfecto para tomárselo con calma. Visitamos su mercado y una bonita estupa decorada con trozos de vidrio de colores. Elegimos hacer el trekking con Sam’s Restaurant, una de las opciones más recomendadas, y la verdad es que fue un acierto.
Excursión al Lago Inle – Día 1
Ese primer día arrancamos con mucha ilusión. Nuestro grupo era variado y bastante equilibrado en edades y procedencias. Lideraban el equipo dos locales: Do, el guía, y Mee Too, el cocinero. Éramos nueve en total, venidos de diferentes rincones de Europa: Polonia, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Hungría. Ya desde el inicio hubo buen ambiente.
Dejamos atrás Kalaw atravesando un bosque frondoso. El paisaje fue cambiando mucho a lo largo del día: al principio más seco, luego más verde, y al final nos esperaban unas vistas preciosas de campos y colinas suaves. Durante la caminata atravesamos varias aldeas y nos cruzamos con muchos locales, todos nos saludaban con una sonrisa y un sonoro “Mingalaba”. Los niños se acercaban con curiosidad, y nosotros empezamos a repartir pulseritas, sabiendo que nos harían falta muchas durante el viaje.
Al cabo de unas tres horas llegamos a Sharpin, una aldea de la etnia Danu, donde una familia nos acogió en su casa. Mee Too nos había preparado un plato delicioso de noodles, y después de comer, descansamos un par de horas, siguiendo el sabio consejo de Do: “Estamos de vacaciones, no hay prisa”. Aprovechamos ese rato también para hacer más pulseritas.

Por la tarde continuamos la ruta entre paisajes más secos, aunque con zonas de arbustos verdes. Nos cruzamos con muchos campesinos trabajando y con algunos búfalos pastando. Fue una caminata tranquila, bajo una luz dorada que anunciaba la llegada del atardecer.
Al final del día llegamos a Kyauk Su, una aldea habitada por la etnia Pau, donde pasaríamos la noche. Apenas dejamos las mochilas en la casa, nos vimos rodeados por un grupo de niños curiosos. Rachele bajó a jugar con ellos e intentó comunicarse como pudo. Allí no se hablaba birmano, sino un dialecto local, pero eso no fue un obstáculo. Algunos niños sabían algunas palabras en inglés y con eso fue suficiente para empezar a jugar, decir nuestros nombres y señalar partes del cuerpo. En un momento ya estábamos bailando todos juntos la Macarena y canciones locales. Una experiencia inolvidable.
Cuando cayó la noche, las madres fueron llamando a sus hijos y Gábor también vino a buscar a Rachele para la cena. Compartimos una comida casera con arroz, varios currys (de verduras, pollo y tofu) y un postre que nos dejó llenos y felices. Después nos sentamos alrededor del fuego con algunos jóvenes de la aldea, cantando canciones en birmano, francés, inglés e italiano. Cada canción terminaba con un entusiasta “¡Iammui!” que significaba “muy bien” en su dialecto. No podríamos haber imaginado un mejor comienzo para este trekking.
Excursión al Lago Inle – Día 2
Después de un desayuno abundante –Mee Too no dejaba que nadie se quedara con hambre–, nos despedimos de los niños y retomamos la marcha. El paisaje volvió a cambiar: dejamos atrás zonas más áridas y nos adentramos en campos de cultivo, cruzando varias aldeas. A cada paso, los “Mingalaba” seguían acompañándonos. Durante las paradas, Do nos explicaba cosas muy interesantes sobre la cultura local y el funcionamiento del gobierno en las aldeas.
La caminata fue larga y el sol apretaba, así que la parada en un pequeño río fue más que bienvenida. Hombres y mujeres nos separamos para bañarnos, como hacen los locales. Rachele y las chicas se unieron a las mujeres del pueblo: algunas se lavaban la ropa, otras simplemente se refrescaban. Allí se armó una pequeña escena graciosa cuando todas las niñas quisieron probar nuestra crema solar. Al final, todas tenían la cara llena de crema blanca, riéndose entre ellas. Mientras tanto, Gábor encontró una piedra en medio del río y se quedó un rato allí, con los pies en el agua, disfrutando del momento.
Seguimos caminando por senderos entre campos y pequeños núcleos rurales. Vimos más búfalos, saludamos a más niños y, aunque el calor era intenso, el día nos regaló momentos de lo más auténticos.
Excursión al Lago Inle – Día 3
A la mañana siguiente, tras despedirnos con un abrazo de la señora que nos había acogido, retomamos el camino. Enseguida volvimos a cruzarnos con niños por el sendero y seguimos repartiendo pulseritas, algo que hacía que cada parada fuera más especial. Hicimos una pausa para tomar algo y nos quedamos un rato observando cómo unos chavales jugaban a una especie de billar con fichas, pero usando solo las manos.
Este tercer día fue el más tranquilo en cuanto a paisajes. El recorrido era menos variado que en jornadas anteriores y el cansancio empezaba a notarse en el grupo después de tantos kilómetros acumulados.
Tras varias horas de caminata, llegamos a Tone Lae, una aldea cercana al Lago Inle, donde aprovechamos para comer algo y despedirnos de Do y Mee Too, que nos habían acompañado durante toda la ruta. Desde allí tomamos un barco rumbo a Nyaungshwe, nuestra base para explorar el lago.
La travesía comenzó por un canal rodeado de cultivos flotantes. Desde el barco veíamos cómo los campesinos trabajaban sus pequeñas parcelas desde el agua, una imagen curiosa y muy distinta a todo lo que habíamos visto hasta entonces. Más adelante salimos al lago y cruzamos sus aguas mientras observábamos decenas de pescadores maniobrando en sus estrechas embarcaciones.
Llegamos a nuestro hostal agotados, pero con la sensación de haber vivido una experiencia muy especial. Do nos había contado muchas cosas sobre la cultura birmana a lo largo del camino, y guardamos con cariño todo lo que aprendimos esos días.
El Lago Inle
El Lago Inle fue uno de los lugares que más nos gustaron durante el viaje por Myanmar. Sus paisajes, los pueblos de pescadores construidos sobre el agua, la amabilidad de la gente… Todo nos dejó un recuerdo muy especial. Aquí te contamos cómo fue nuestra visita a esta zona del país, empezando por un día que pasamos en el entorno de Ming Thauk.
Un día en Ming Thauk
Después de un desayuno generoso en el hostal, nos pusimos en marcha por carretera rumbo a Ming Thauk, un pequeño pueblo junto al lago. El trayecto fue tranquilo, atravesando campos y pequeñas aldeas. Vimos cómo se recogía la caña de azúcar a mano y también tuvimos un momento de sobresalto cuando una serpiente bastante grande cruzó delante de nosotros.
La primera parada fue el mercado flotante de Ming Thauk. Llegamos justo cuando empezaban a desmontarlo, pero eso no le quitó encanto a la escena. Todo el mundo iba cargando sus productos a los barcos y salían por el canal rumbo a sus pueblos a orillas del lago Inle. Ver esa salida coordinada de embarcaciones fue casi más interesante que el propio mercado. Los colores, los productos frescos y la vida que se respiraba hacían que no quisiéramos apartar la vista.
Cerca de la zona de carga, en medio de los arrozales, unos niños jugaban entre el barro. Nos acercamos a saludarlos, les dimos algunas pulseritas y compartimos un rato muy divertido. Uno de los más pequeños nos robó el corazón, era simpático y no paraba de sonreír.
Buscamos algo de sombra para refrescarnos y estuvimos charlando con un señor local y su hija, muy amables. Después nos dirigimos al otro lado del pueblo, la parte construida sobre el agua. Para llegar hasta allí hay que cruzar un puente de madera de unos 400 metros de largo, muy agradable para pasear. Cada pocos metros hay plataformas donde puedes parar a descansar y disfrutar del paisaje tranquilo del lago.
Una de las cosas más curiosas del Lago Inle es la forma en que los barqueros reman. Muchos lo hacen con una pierna, mientras sujetan la red con las manos. Esta técnica tan particular permite que sigan pescando mientras mantienen el equilibrio. Desde el puente, pasaban varias embarcaciones y era fácil verlos en acción.
Al final del puente contratamos un paseo en barca para recorrer el pueblo de palafitos. Nos llevó entre huertas flotantes y jardines acuáticos, donde muchas casas estaban construidas directamente sobre el agua. Algunas personas nos saludaban desde sus ventanas, los niños jugaban cerca de las casas y también pudimos ver cómo estaban levantando nuevas construcciones.

Acabamos el recorrido en un pequeño restaurante local donde comimos muy bien por poco dinero. Aprovechamos para descansar durante las horas de más calor y, por casualidad, nos reencontramos con algunos compañeros del trekking. Fue un momento bonito para compartir historias.
De regreso, hicimos varias paradas para observar cómo trabajaban las mujeres en los campos de caña de azúcar y también vimos a un grupo asfaltando la carretera a mano. Cerramos el día subiendo a una colina cercana para ver la puesta de sol. Allí hay un viñedo y las vistas sobre el lago fueron una forma preciosa de despedir esta jornada.
Esa noche cenamos con Caroline en una pizzería. Nos apetecía algo distinto después de tantos días comiendo comida local. La velada fue muy agradable, y nos despedimos con la sensación de que ojalá volvamos a coincidir pronto.
Hsipaw y el mítico tren por el viaducto de Goteik
Hsipaw es un pequeño pueblo situado en una región montañosa del noreste de Myanmar. Se ha convertido en una parada habitual para quienes quieren conocer aldeas de distintas etnias que viven en los alrededores. También es famoso por el trayecto en tren que conecta con Pyin Oo Lwin, una línea construida durante la época colonial británica que atraviesa un profundo desfiladero cruzado por el viaducto de Goteik. A continuación te contamos cómo fue nuestra experiencia en esta zona de Birmania.
Una breve parada en Hsipaw
Llegamos a Hsipaw a las 3.30 de la madrugada, justo a tiempo para ver un partido de Champions entre el Manchester United y el Real Madrid. Por suerte, el partido nos salvó: pudimos esperar en un bar que normalmente estaría cerrado a esa hora. Lo de los horarios en los buses nocturnos en Myanmar merece un capítulo aparte. Cuando compras el billete, te dicen que llegarás a una hora razonable por la mañana, pero luego el bus aparece en plena noche. Lo peor es que lo saben perfectamente, pero siguen vendiendo los billetes así. Muchos viajeros acaban llegando a los hostales cuando todavía es de noche y les cobran una noche extra. Nosotros, ya conociendo el truco, preferimos quedarnos en el bar hasta que amaneciera, y solo entonces fuimos a buscar alojamiento.
Uno de los motivos principales para venir a Hsipaw es hacer alguna ruta de trekking por la zona, de uno o varios días. Nos habían hablado muy bien de una caminata de cuatro días, pero como no teníamos tanto tiempo, intentamos encontrar una versión más corta combinando algún transporte. No hubo manera, así que decidimos quedarnos solo una noche en el pueblo. No hicimos muchas visitas, pero aprovechamos el día disfrutando de Mr Shake, un pequeño local donde el dueño prepara batidos de fruta caseros y un arroz con pollo realmente delicioso. Volvimos tres veces el mismo día, y al final hasta nos hizo una foto que colgó en la pared del bar. Si pasas por allí, puede que nos veas en su galería improvisada.
En el hostal tuvimos una bonita sorpresa: nos reencontramos con Nicoletta y Andrea, una pareja italiana que habíamos conocido en diciembre en Sukhothai. Siempre hace ilusión coincidir de nuevo con otros viajeros en ruta y compartir historias acumuladas.
El tren a Pyin Oo Lwin
A la mañana siguiente tomamos el tren con destino a Pyin Oo Lwin. Ya sabíamos que podía haber retrasos, pero esta vez el tren salió con cuatro horas de demora. El hombre que vendía los billetes en la estación nos hizo mucha gracia: tardó una eternidad en completar todo el papeleo, como si estuviéramos comprando las vías ferroviarias de todo el país. Por cierto, los billetes solo se pueden pagar en dólares.
Durante la espera, estuvimos observando la vida en la estación y jugando con un niño que no paraba de sonreír y saludar a los viajeros. Cada vez que alguien le prestaba atención, recibía algo de comida. Se lo tenía bien ganado. Incluso esperó a que saliera nuestro tren para despedirse con la mano. Se llevó una de nuestras pulseritas como recuerdo.
El tren es muy antiguo y avanza despacio sobre unas vías que también llevan muchos años en funcionamiento. Los vagones, con bancos de madera, se movían tanto que a veces teníamos que sujetarnos para no acabar en el suelo. Elegimos esta ruta porque es considerada una de las más pintorescas de Myanmar, pasando por pequeñas aldeas y cruzando el famoso viaducto de Gokteik, un puente metálico de más de 100 metros de altura.
En una de las estaciones donde paramos nos cruzamos con un tren que iba en dirección contraria, completamente lleno. Muchos pasajeros eran indios, y por un momento parecía una escena sacada de una estación en India. Allí mismo, vimos un grupo de niños que esperaban en fila junto a un cubo de agua, dispuestos a servir un vaso a los pasajeros a cambio de alguna propina.
Tras varias horas entre paradas, paisajes y vendedores ambulantes que subían en cada estación, el tren empezó a reducir la velocidad: estábamos a punto de entrar en el desfiladero de Gokteik. Asomarse por la ventana y ver el vacío bajo el puente es una de esas sensaciones difíciles de olvidar. Impone, pero también tiene algo de hipnótico.

Llegamos a Pyin Oo Lwin cuando ya había oscurecido. Estábamos demasiado cansados para buscar transporte a Mandalay, así que decidimos quedarnos a dormir allí. Cenamos en un restaurante indio bastante bueno y al día siguiente continuamos el viaje en pick-up.
Disfrutando del caos en Mandalay
Mandalay es una de las ciudades principales que visitar en Myanmar. Fue la antigua capital real y destaca por los numerosos templos y monumentos que se encuentran en sus alrededores. Aquí compartimos nuestra experiencia en Mandalay.
Viaje a Mandalay
Por la mañana, cuando estábamos en Pyin U Lwin, salimos para coger la camioneta rumbo a Mandalay. Los conductores de los vehículos casi se pelean para que elijamos su transporte. Durante el viaje charlamos con un señor birmano que parecía saber más de política europea que nosotros. Los birmanos realmente leen mucho.
Descubriendo Mandalay
Debemos ser un poco distintos, porque la mayoría de viajeros que conocimos no quedaron muy entusiasmados con Mandalay; sin embargo, a nosotros nos gustó bastante. Las calles están organizadas con números, como en Nueva York, lo que facilita mucho orientarse. Más que una gran ciudad, se siente como un pueblo grande y un poco caótico. Quizá influyó que por primera vez en Myanmar nos sentimos muy cómodos en el hotel, con un personal amable y sin ese ambiente de querer cobrarte por todo, tan común en otros alojamientos del país. Además, encontramos dos puestos de comida que nos encantaron: uno con un curry de carne y chapati (pan indio) delicioso, y otro con helados muy buenos. Realmente Mandalay nos sorprendió para bien.
El primer día dimos un paseo por el centro, visitamos algunas pagodas y recorrimos una calle donde solo se vendía cebolla y ajo. El olor no era nada suave, y nos sorprendió ver a gente comiendo ajo como si fuera una fruta, algo difícil de imaginar. Terminamos el día con un buen trozo de sandía en el mercado nocturno. Coincidió con el Día de la Mujer, que celebramos a nuestra manera.
Excursión a Mingun
Una de las visitas que queríamos hacer en Mandalay fue Mingun, a la que se llega en barco tras una hora de navegación por el río. Al llegar, puedes tomar un taxi muy diferente a los que conocemos, ya que son carros tirados por búfalos.
En Mingun domina el color blanco. Visitamos una pagoda a la que se accede desde la orilla por unas escaleras decoradas con figuras blancas.
También vimos la famosa campana de Mingun, que dicen es la más grande del mundo, y terminamos la visita en la Hsinbyume Paya, uno de los templos más bonitos que hemos visto. Es completamente blanco y tiene unas terrazas onduladas muy particulares.
Por la tarde dimos un paseo cerca de las murallas del Palacio Real y cenamos con Nicoletta y Andrea, que también llegaban de Hsipaw.
Ruta en moto a Sagaing y el Puente U-Bein
En nuestro último día en Mandalay alquilamos una moto para visitar los alrededores. Ahora no era Rachele quien llamaba la atención, sino Gábor, gracias a la faldita que lleva puesta, incluso mientras conduce.
Primero subimos a la colina de Mandalay, cuya cima se alcanza tras subir unas escaleras que parecen no acabar (40 minutos) y que deben recorrerse descalzos. En el camino pasamos por varias pagodas pequeñas que hicieron más llevadera la subida. Desde arriba se tiene una vista panorámica de la ciudad. El templo en la cima es muy original, hecho con cristales de colores, algo que no habíamos visto antes.
Seguimos hacia Sagaing, una ciudad donde las colinas están cubiertas por muchísimas estupas. Desde el puente sobre el río Ayeyarwady se obtiene una vista realmente impresionante.
Subimos por caminos bastante empinados hasta la cima de la colina de Sagaing, donde se concentran varios templos. Nos gustó especialmente uno que tiene un pasillo semicircular decorado con numerosos budas sentados. La vista desde allí también es muy bonita.
Terminamos la ruta visitando uno de los símbolos más reconocidos del país, el puente de U Bein. Es el puente de madera más largo del mundo (1.200 metros) y está sostenido por más de mil postes. Es un lugar muy transitado por monjes locales, que vimos en gran cantidad. Caminamos por el puente y luego bajamos a un punto desde donde se observa muy bien la puesta de sol. Ver cómo el sol se oculta entre los postes del puente fue una imagen que se quedó grabada en nuestra memoria.
Los templos de Bagan, un lugar único
Los templos de Bagan son, sin duda, el principal lugar que hay que ver en Myanmar. Con más de 4000 templos, este sitio es uno de los más únicos del mundo. Aquí te compartimos cómo vivimos nuestros días en Bagan.
Viaje a Bagan
Nuestra llegada a Bagan fue muy temprana, como suele pasar en Myanmar. El bus llegó a Nyaung U —la pequeña ciudad cerca de los templos— a las 3 de la mañana en vez de las 6, lo que nos dejó esperando en la estación sin muchas opciones. Por suerte, conocimos a Gyöngyvér y Zoltán, una pareja húngara muy simpática, y entre conversaciones y risas la espera se hizo más llevadera. Acabamos quedándonos en el mismo alojamiento y compartiendo esos días con ellos. El primer día fue tranquilo, principalmente para recuperar el sueño perdido; salimos solo para comer y comprar un pollo a l’ast para la cena. Los siguientes tres días los dedicamos a recorrer los templos.
Qué hacer en Bagan – Día 1
Decidimos recorrer los templos por nuestra cuenta y, aunque algunas calles eran de arena y había que bajarse de la bici, alquilamos una cada uno. El calor estaba presente, pero no tan fuerte como esperábamos, lo que hizo más fácil pedalear. Paramos en varios templos que nos quedaron grabados.
Uno de ellos fue el templo Gubyauknge, que al principio estaba cerrado y sin nadie. Justo cuando nos íbamos, apareció una señora con su niña, que nos preguntó si queríamos entrar. La niña, muy simpática, recibió una pulsera de regalo, y luego la señora nos mostró el interior del templo, decorado con pinturas y esculturas que iluminaba con una linterna.
Más adelante, visitamos los templos de Buledi. En uno de ellos se podía subir por unas escaleras, y desde arriba vimos una imagen impresionante: cientos de pagodas grandes y pequeñas extendiéndose en el horizonte, un total de más de 4300. Esta vista fue clave para orientarnos y decidir qué templos visitar después.
Seguimos hacia la pagoda Sulamani, un templo que nos gustó mucho, tanto por sus jardines exteriores como por las pinturas originales en su interior. Este fue el favorito de Rachele.
Luego visitamos el templo Dhammayangyi, el más grande de Bagan, con forma de pirámide. Por dentro, más que un templo parecía una fortaleza.
Terminamos el recorrido del día con los templos North Guni y South Guni. Mientras subíamos a la estupa de North Guni, encontramos a unos niños monjes muy simpáticos que luego se pusieron en South Guni para que les hiciéramos fotos. Nos comunicábamos gritando de un templo a otro, fue un momento divertido.
Por la tarde, cuando bajó un poco el calor, fuimos a la pagoda Pyathada para ver la puesta de sol. El camino estuvo lleno de arena y varias veces tuvimos que bajarnos de las bicis. La vista no fue completamente clara, pero nos gustó mucho cómo el sol se escondía tras los muchos templos pequeños del horizonte.

Qué hacer en Bagan – Día 2
Con Zoli y Gyöngyvér recorrimos los templos de Old Bagan, donde están los más conocidos y decorados. Visitamos la pagoda Ananda, que recorrimos por dentro y fuera. Estaba en obras y nos llamó la atención ver a los obreros trabajar descalzos, sin ninguna medida de seguridad. Dentro, hay cuatro Budas dorados bastante grandes.
Después subimos por escaleras empinadas al templo Shwesandaw Paya, desde donde se ven muy bien los grandes templos de Old Bagan y los pequeños alrededores. También visitamos los templos Thatbymnyu y Gawdaw Palin, que son más llamativos desde fuera que por dentro. En cambio, Shwegugyi tiene pasillos oscuros con pinturas interesantes.
Para descansar, comimos en el restaurante Fuji, al que volvimos varias veces durante nuestra estancia. Luego hicimos una visita rápida al mercado para comprar fruta. Por la tarde regresamos a Shwesandaw Paya para la puesta de sol, que es el lugar favorito de los turistas. Llegamos temprano para asegurar buen sitio y disfrutamos de un atardecer muy bonito, con el reflejo del sol en el río detrás de los templos.
Qué hacer en Bagan – Día 3
Nos gustó tanto la puesta de sol que al día siguiente quisimos ver el amanecer desde el mismo lugar. El hombre que alquilaba las bicicletas en el hostal, a las 5 de la mañana, ya estaba despierto para asegurarse que pagábamos. Fue un poco cómico. Llegar a la pagoda fue toda una aventura: era de noche y tuvimos varios contratiempos. Rachele se olvidó la cámara y tuve que volver a buscarla; además, se me rompió un pedal de la bici.
Intentamos arreglarlo con Zoli, pero el pedal seguía flojo, así que el último tramo lo hice corriendo al lado de la bici. A pesar de todo, ver cómo la luz empezaba a iluminar los templos uno a uno fue una experiencia increíble. El momento más especial fue cuando varios globos aerostáticos comenzaron a elevarse en el horizonte junto con el sol naciente. Una imagen que quedará grabada para siempre.
Después del amanecer, volvimos al hostal para desayunar. Zoli y Gyöngyvér se encargaron de arreglar mi bici. Más tarde visitamos el museo de Thanaka en Nyaung U, donde explican los usos y beneficios de este maquillaje típico de Myanmar. Rachele no pudo resistirse a probarlo en su cara.
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